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domingo, 26 de junio de 2011

Capítulo 4

Llegué al despacho de Fermín que se encontraba cerca de las habitaciones. Aquello parecía un internado en el Cielo. Con camas en las habitaciones, un salón general, sala de juegos, aulas… Lo único era que había demasiada gente. Yo no estaba contenta de vivir allí. Toqué tres veces a la puerta suavemente, y oí una orden del interior que me decía que entrara. Entré al despacho. Seguía igual después de un mes sin pisarlo. En las paredes blancas habían cuadros de ángeles y fotografías de Fermín con diversos tipos de gente. Fermín se acomodaba en una silla de despacho que estaba detrás de una mesa. La mesa era de color marrón y estaba bastante vieja. En sus lados y en las patas de la mesa se veían frases que significaban algo, pero estaban en latín… Y yo ni tan solo me acordaba como se decía en latín “yo”.
-Buenos días, Cloe- me dio la bienvenida Fermín con su sonrisa angelical.
-Hola- contesté.
Me senté en una silla enfrente de él. Ese despacho me traía buenos recuerdos… Y malos. Me acordé de cuando llegué el primer día: Desorientada y asustada, entré al despacho de Fermín con la esperanza de que me aclarara todo lo que había pasado esa noche de Diciembre. Y uno de los recuerdos malos fue cuando me echaron de clase. Ese día fue una auténtica mierda. Por culpa del tonto de Robert, me la cargué yo… Y eso no fue todo. Aparte de llevarme una bronca por parte del profesor Marco, me llevé de regalo una semana recogiendo papeles de no se qué… Ni me acordaba del castigo. Que buena memoria…
-Ya sabes que esta mañana han pasado diversos problemas…- empezó a hablar Fermín, y me sacó de mis recuerdos pasados e hizo que volviera a la realidad. Al presente. Fermín tenía poco pelo y sus ojos azules brillaban al hablar.- Y uno de esos problemas a pasado por tu culpa, Cloe.
Fermín cambió la sonrisa de “buenos días” por un rostro serio y duro. Nunca me imaginé que la aparición de Yasmín la había causado yo. Solo por salir del escudo que tenía el Cielo contra ataques externos, ya me había arriesgado a la muerte.
-Yo no he hecho nada- le aseguré, soportando su mirada.
Aguantar la mirada de Fermín ya me parecía un reto. Soportar esos ojos azules como el mar te dejaban como en estado de shock.
-Vale- Fermín se levantó de su silla, y empezó a pasearse por el despacho- ¿Crees que bajar con los mortales es un juego?
Bajé la cabeza, e intenté por pocos segundos- que me parecieron eternos- que las alas no aparecieran por mi espalda.
-Tampoco es para tanto.- respondí con voz temblorosa.
-Hoy te has salvado gracias a Adam.- calló un segundo, y continuó- Un segundo más con Yasmín, y ahora no estarías aquí.
-No me podía hacer nada. No llevaba ningún objeto ni arma para poder matarme.
-Eso es lo que crees tú. Ella estaba allí para matarte no para darte “los buenos días”.
-¡Ya lo sé!- grité en medio de su estúpido discurso.- ¡No quiero que me tratéis como una niña. Sé ver los problemas y los intento solucionar lo mejor que puedo. Si tanto quieres a Adam y tanto le halagas, pues se lo dices a él no a mi. No quiero hablar más de este tema. Me largo.
Fermín vio como me levantaba de la silla con odio y dijo gritando:
-Tú no sabes nada de la vida de un ángel. Si no fuera por Adam estaría muerta. ¡¿Me oyes?! ¡Muerta! No te intento tratar como si fueras una niña porque no lo eres. Lo que eres es un ángel que no sabe ni lo que quiere ni lo que hace.
No le contesté. Ni tampoco lo miré. Notaba en su voz odio y dolor al mismo tiempo. Nunca lo había visto así. Si tanto se preocupaba por mi, que me dejara tranquila por una milésima vez, pensé cerrando los ojos. Abrí la puerta del despacho, y salí. No cerré, la dejé abierta para que pudiera ver Fermín que no tenía intención de romper nuestra relación de amistad. Yo solo quería un poco de espacio.
Me fui a mi habitación con rapidez. Los ángeles que estaban en los pasillos me miraban sorprendidos y cuchicheaban entre ellos. Metí la llave en la cerradura de mi habitación, le di una vuelta, y empujé la puerta. Cuando entré, suspiré. Mi habitación desde hacía tres años. Allí había compartido mis locuras, mis caídas con los libros que había por el suelo, mis lagrimas por no entender que me pasaba… Aquel era el lugar más cómodo de ese momento para poder sentirme como yo misma. Para poder recapacitar de todo lo que había hecho… Para pensar en mis padres, en Lauren mi mejor amiga, en mis exámenes… En todo en general.
Un momento.
¿Qué hacía esa maleta roja en la litera de arriba? Que yo supiera no tenía una compañera de habitación… Fruncí el ceño, y miré al pequeño baño que se situaba a la entrada de la habitación. Sonaba un el agua caer de la ducha, y fui a ver que pasaba. Cuando me asomé - y en mis manos llevaba la raqueta de tenis de Paula- unos ojos grises me miraron con sorpresa, miedo, vergüenza y horror. ¿Tenía una compañera de habitación?
-¿Quién eres? ¿Y qué haces en mi habitación?- le pregunté sin bajar la raqueta de tenis que apuntaba a su cabeza.
-Lo primero, quita la raqueta de mi cabeza. Lo segundo, estoy con una toalla solo ¿sabes? Me gustaría un poco más de intimidad.
-¿Cómo? Oye, ¿pero tú de que vas?- le interrumpí con los ojos entornados.
-Hola, soy Sabrina Martesen. Y soy tu compañera de habitación.- me extendió la mano mojada. La miré cabreada. Esto si que era fuerte… Sin comérmelo ni bebérmelo, tenía compañera de habitación.

lunes, 20 de junio de 2011

Capítulo 3

-Yasmín no es un juego, Cloe.- me advirtió Adam.
Adam era un ángel desde hacía catorce siglos. Sus ojos color miel me miraban con inteligencia. Su pelo marrón claro, me hacía recordar el pelo de mi padre cuando lo llevaba despeinado nada más levantarse… Adam era alto, y muy atractivo.
-Ella no sabía que Yasmín era tan peligrosa- respondió Paula por mi, mientras se arreglaba las plumas de sus alas blancas y relucientes. Me di cuenta, que mis alas no eran iguales a las de Paula. Las alas de ella eran medianas y blancas como la nieve de las montañas del Norte. En cambio, mis alas eran más alargadas y no eran tan blancas. Tenían un tono grisáceo, y me recordaban al Infierno. Un lugar donde no se podía explicar con palabras.
Adam me pilló mirándole las alas, y las guardó rápidamente. La boca de Adam era perfecta. Una sonrisa radiante y blanca… Era preciosa. No supe porque guardó las alas. Si eran perfectas y se veían fuertes. Me quedé en medio del bosque pensando en que había quedado esa noche con el primer chico que había visto en todo el día.  Aquel chico que había conocido, tenía mi mismo apellido: Stephenson.
Adam se puso a mi lado, y me cogió la mano cuando estaba despistada. Aparté mi mano inconscientemente, y me arrepentí de ello después. El cuerpo de Adam era como una estufa. Paula tosió para indicar que no estábamos los dos solos.
-Hemos terminado con esta misión ¿no?- dijo Paula mirando a Adam seria. 
-¿Misión? ¿Qué misión?- pregunté con curiosidad.
-Ninguna misión, Cloe.- respondió Adam, mientras miraba a Paula. Los dos parecían molestos por algo. Paula miraba a Adam buscando una respuesta, una señal… Pero él no hacía nada.
Paula no protestó. Se quedó en su sitio, con los brazos cruzados debajo del pecho, mirándonos seria. Yo si que dije:
-Ella a dicho que…
-Déjalo. No pasa nada. Nos tenemos que ir ya. Fermín quiere hablar contigo-me interrumpió Adam.
Paula y Adam desplegaron sus alas con una seguridad inmensa. En cambio… yo no hice lo mismo.
-¡Venga! ¡No tenemos todo el día!- me ordenó mi amiga, mientras se levantaba del suelo.
Al final, me convencí que tenía que ir. Saqué mis alas, y respiré aliviada. Con mis alas era una más de grupo, pero no me gustaba demasiado- tirando a nada- las miradas que me llevaba cuando llegaba al Cielo con mis alas en la espalda. Me miraban los demás ángeles como si fuera un bicho raro o incluso un demonio. Yo solo era un ángel más. De camino a nuestro destino, pensaba de nuevo en la frase de Yasmín. “Tú y yo no somos tan diferentes, Cloe”
¿Qué quería decir? Sí que éramos diferentes. Ella solo causaba destrucción y muertes a su paso… Yo salvaba vidas y…
Espera.
Yo no había salvado a ninguna vida ni ayudado a nadie desde que era un ángel. Solo había observado como los demás ángeles se llevaban los aplausos y la gloria. ¿Qué era en realidad? ¿Una ayudante? ¿Un cero a la izquierda? Solo me ordenaban hacer cosas sin sentido, que no ayudaban en nada para mi desarrollo como ángel. Los profesores que enseñaban “ Las cualidades para ser un buen ángel” - que daban esa clase el ángel Marco y otro ángel llamado Gabriela- no se percataban que yo no hacía ninguna de esas cualidades en los ejemplos. Aparte de que nunca me cogían para salir, tampoco se atrevían a preguntarme si lo entendía o no. Yo, agobiada, no entendía porque los profesores pasaban de mi como si tuviera la peste. 
Al parar en el Cielo, unos cincuenta ángeles -entre ellos la mayoría chicas- fueron a recibir al nuevo. Adam. Vi como mi amiga Anastasia se abría paso entre la multitud para ir a mi lado. A pocos pasos de mi, me dijo:
-Me pensaba que no volvías con vida.
Su sonrisa de burlona y pasota me recordaba a mi hermana mayor… O a la que era mi hermana. Mi cara tuvo que ser bastante expresiva, porque Anastasia se apresuro a decir:
-Pero que no lo decía en serio…
¿A qué se refería Anastasia con que no volvía con vida? ¿Tan peligroso había sido bajar del Cielo para poder dar una vuelta por mi antiguo pueblo? Intenté guardar mis alas, pero sin resultado. Cuando me ponía nerviosa, me costaba demasiado esconderlas. Anastasia me miró mis alas con el ceño fruncido.
-Tus alas…- dijo acercándose para tocarlas.
Las aparté de sus manos.
-¿Qué pasa?- pregunté medio asustada.
-Tus plumas son más oscuras ¿no?
Al decir esto, abrí las alas lo suficiente para poder verlas mejor. La verdad, que mis plumas no es que fueran muy blancas… Pero tampoco se habían vueltos más oscuras.
-¿Qué dices?- repliqué mirándome todavía las plumas con curiosidad.
-Que sí. Míralas, Cloe.- se puso a mi lado, y las miró también.- Las plumas. Tienes unas más oscuras que otras. Incluso… ¡tienes una negra!
Asustada por las acusaciones de Anastasia, me levanté del suelo planeando, y volé hacia las nubes para estar lejos de allí. Vi una nube bastante cómoda a la vista, y me paré allí. La nube se movió cuando los mis pies se posaron en ella. Me tambaleé un poco pero controlé el equilibrio. Estando allí, repase en mi mente el rostro de Adam: sus labios finos, su sonrisa perfecta… Su pelo marrón claro despeinado le quedaba divinamente…
Me sorprendí a mí misma. ¡Estaba pensando en un ángel que acababa de conocer!
-Esto es ridículo- susurré enfadada conmigo misma.
-Supuestamente- me contestó Adam, sentándose al lado de mi.
Ni lo miré. ¿Para qué? ¿Para quedarme petrificada por su mirada y su sonrisa? Ni de broma… Cuando él estaba a mi lado, me transmitía su propia tranquilidad como si fuera algo común en él.
-¿Por qué no te vas con tus fans a otra parte?- le pregunté de mala gana.
-Porque quiero estar contigo.
-¿Estar conmigo?- me sonrojé un poco. En realidad, no quería preguntarle eso. Mi pregunta real, tendría que haber sido: ¿ por qué no me has dicho que Yasmín era peligrosa?
-Mira, Cloe. He vivido demasiados siglos como un joven de veinte años ¿sabes? Y nunca he conocido a una chica como tú.
-¿Cómo soy yo?
-Valiente.
-No lo creo…- respondí agachando la cabeza para que no me viera llorar.
Sinceramente, no sabía por qué lloraba. Adam me había alagado, pero yo no podía aceptarlo. No podía aceptar ser valiente al abandonar a mi familia… Yo viviendo en el Cielo, y mis padres sufriendo por mi, llorando mi muerte…
Muy pocas personas me entendieron cuando llegué al Cielo. Muy pocas o ninguna por decirlo también. Adam me cogió la mano con ternura. Su tacto era suave.
-Por mucho que piensas que no eres valiente… Lo eres.- me dijo muy cerca de mi.
Sentía su calor contra mi cuerpo. Enseguida me puse a temblar. Empezaba a hacer frío, y esto se juntaba con la manera de cómo me hablaba Adam. Mis alas hicieron un esfuerzo por salir, pero yo no se lo permití. Notaba la mirada cálida y alegre de Adam en mi rostro, y esto me provocaba una sensación extraña, nunca antes conocida. ¿Por qué a mi? ¿Por qué me tenía que mirar así con tantos ángeles por ahí admirándolo como si fuera un rey? No lo pude soportar, y lo miré a sus ojos color miel. Y esa fue mi perdición. Me quedé embobada mirándole como si fuera el único ser de la Tierra… Parpadeé para mi sorpresa. ¿Qué estaba haciendo?
-Adam, tengo que irme.- dije en voz baja para quitar el silencio incómodo que se había provocado en segundos.
-No te preocupes. Lo siento. Yo…- Adam miró al frente, y a continuación me miró de nuevo.- Yo no quería hacerte pasar un mal rato.
Mi cara no tuvo que ser muy agradable para que Adam me dijera eso. Adam se levantó, flexionó un poco las rodillas, y se lanzó al vacío del Cielo con sus alas perfectas y brillantes. Me limpié como pude las lagrimas que intentaban salir de nuevo, mientras contemplaba las demás nubes y a varios ángeles hablando. En ese instante me puse a pensar… Adam se tenía que haber dado cuenta de que estaba llorando, porque a que venía a cuento eso de: ¿“No quería hacerte pasar un mal rato”?
Las tonterías, los problemas sin solucionar y las emociones trascurridas en ese día, me estaba dejando agotada. Mis parpados hacían un intento en cerrarse varias veces, pero pude sostenerlos para ir a hablar con Fermín de todo lo ocurrido.

viernes, 10 de junio de 2011

Capítulo 2

La calle Estanfor se abría a mi vista, y me emocione por eso y me entristecí a la vez. ¿Por qué estaba allí otra vez? Recordando esa noche de Diciembre… A ella…
Un ruido de un autobús me volvió a la realidad. Esa era mi calle, esa era mi vida nunca acabada.
Me miré a mi misma para ver si había cambiado, pero sin resultado. Llevaba esas mismas zapatillas de aquella noche… Un recuerdo horrible, pero no me podía separar de ellas al saber que me las había regalado mi madre…
Una lagrima empezó a bajar por mi mejilla, pero la pare antes de llegar. No la dejé acabar su trayecto, no aquel día, no en aquella calle. Empecé a andar torpemente hacía la casa blanca, con garaje, con jardín… Mi casa. Las piernas me flaqueaban, no podían saber que yo estaba allí, igual como aquella noche. Simplemente, era que no había crecido al volver entre los muertos, era igual. Tal y como acabe aquella noche mi crecimiento, estaba ahora allí. Un ángel no se podía permitir crecer más… Te quedabas igual que al morirte…
¿Por qué era un ángel yo? Si nunca hice nada por nadie… Nunca ayude a mis padres a ordenar la ropa, o ayudar con las tareas de la casa… Y ahora sin pensarlo era un ángel.
Los pantalones dejados por Anastasia me quedaban un poco grandes, pero la camisa azul dejada por Paula me quedaba divinamente. Ya era una joven más en ese pueblo, pero no mortal e igual que los demás jóvenes. Era una chica por fuera, pero un ángel por dentro que tenía que hacer un gran esfuerzo por esconder sus alas…
Me di una vuelta por mi casa, intentando tapar mi cara con la boina que llevaba y con la bufanda. Estaba igualita. Sin cambiar nada… Sin cambiar esa pintura que tanto me gustaba. Era mi casa, pero no podía vivir en ella por el simple hecho de ser un monstruo… Porque eso era. Un monstruo que no puede dejar salir su verdadera identidad…  Ya hice bastante con tintarme mi pelo de rubio, y dejármelo largo hasta la cintura. Yo que siempre lo llevaba recogido en mis moños… Y ahora… ¿Quién me viera no me reconocería? No era tan fácil… Mi cara no había cambiado, sólo mi aspecto físico y estético. Ahora estaba mucho más delgada. Y el pelo no era el mismo.
Sentí la necesidad de liberar mis alas del escudo de Fermín, de librarme por fin de esa necesidad de ver otra vez mi barrio… No quería estar más allí, pero justo cuando me di la vuelta en medio de mi antigua casa para irme, la puerta se abrió, y salió un chico de mi misma edad. Su pelo castaño me recordó a alguien de antes… pero no supe a quién. Él me pilló mirándole, y fue cuando yo volví la cabeza sonrojada, y eché a andar sin mirar atrás.
-¡Espera!- oí detrás de mi, pero no pare.- ¡Tú! ¡La chica de la boina!- cuando me llamó por la chica de la boina, me entraron unas ganas locas de decirle mi verdadero nombre… Pero no me atreví.
Me volví en mis propios talones, y lo miré de reojo sin levantar mucho la cabeza. Él se acercó casi corriendo, y se paro enfrente de mi con una sonrisa.
-No te conozco. Eres…- empezó diciendo.
-Soy nueva aquí. Bueno… sólo he venido de vacaciones.- si ese chico hubiera sabido porque estaba allí realmente…
-¿De vacaciones? ¿A Jerfi? Venga ya estás de broma…- vio mi cara que no hacía ninguna gracia, y dejó de reírse.
-Estoy aquí sola, sin padres… Es lo mejor. Bueno me tengo que ir…
-Sí, y yo… Me tengo que ir a clases.- contestó arrepentido.
-Encantada de conozerte…
- Marc. Soy Marc Stephenson.- me alargó su mano, pero no pude yo hacer lo mismo. Había dicho Stephenson… Ese era mi apellido también. Sino… que éramos familia. No podía ser.
-Soy Yolanda Hudren.- le tendí la mano con el miedo en el cuerpo, y le apreté la mano.
Marc me enseño una sonrisa perfecta y radiante. Me quede un poco helada porque esa sonrisa me recordaba a la de mi padre…
Dejé esos pensamientos que me estaban amargando, y me encaminé en el camino contrario a donde iba Marc.
-¡Yolanda!-me llamó antes de poder alejarme demasiado.-¿Te gustaría salir este sábado conmigo y con mis amigos?
Me quede… ¿Yo? ¿Un ángel saliendo con mortales? Desde cuando se había visto eso… pero no le podía decir que no, porque o sino…
-Vale. Dime cuando y en donde.- contesté mientras respiraba una bocanada de aire para que me despejara la cabeza.
-A las ocho en punto en el parque Kiin.
-Allí estaré.- respondí por lo bajini para que no me oyera.
Unos minutos en mi antiguo barrio y ya había conocido a un pariente mío… que supuestamente sería mi primo o nieto o ¡a saber que!
Que asco día aquel, pero todavía no había pasado lo peor.

Llegué a las afueras del pueblo, y respiré aliviada por no ver a nadie. ¡Por fin me podía ir de allí! Me quité la boina de la cabeza, y mi pelo teñido cayo a los lados de mi cara, largo y liso. Siempre se quedaba un pelo en medio de mis ojos. Lo aparté con una soplido, y miré a ambos lados. No había nadie. Pero me equivocaba. De pronto, el aire se volvió caliente y pesado… Hacía calor en Diciembre. Supuse que eso no era normal, alguien estaba detrás de todo eso. Los pelos de la nunca se me erizaron al notar una mano en mi pelo. La misma mano de aquella noche. Fría y suave a la vez. Yasmín estaba detrás de mi.
-Cuanto tiempo sin verte, Cloe. Mucho tiempo.- me aseguró con voz tranquila. Sabía que Yasmín no estaba allí solo para saludar, sino para algo más.
-¿Qué quieres, Yasmín?- le pregunté levantando la cabeza para expresar autoridad y confianza en mi misma, aunque no funciono mucho.
Yasmín se colocó enfrente de mi. Estaba igual, idéntica… Su pelo rubio castaño, recogido en una coleta, me hacía recordar mis recogidos especiales… Esa mirada felina que tenía y su cara de orgullosa. Daba asco.
-Visitarte, Cloe. Solo visitarte…- me tocó un mechón de pelo, y le pegué un manotazo para que apartara sus sucias manos de demonio de mi.
-Encima me pegas ¿eh? Has cambiado demasiado…
-¿No me digas?- respondí con ironía- Tú no has cambiado nada. Me sigues provocando nauseas.
Yasmín se acercó a mi deprisa, y no me dio tiempo a esquivarla. Me agarró del cuello y empezó a apretar con ganas. El aire no me llegaba a los pulmones… Sabía que si me mataba iría al Cielo de nuevo… O no.
-¡Suéltala, demonio asqueroso!- gritó una voz por detrás mi. La voz me resultaba familiar.
Yasmín se rió, pero ni tan solo aflojó un poco la fuerza con la que me cogía el cuello.
-¿Quién te crees tú para poder derrotarme?- le preguntó Yasmín a la presunta persona.
-No quiero luchar- contestó una voz, pero ésta vez era masculina.- Nosotros no luchamos, Yasmín.
Yasmín me apretó el cuello con más fuerza. Parecía como si la persona que le había hablado le causara odio… Y ese odio lo saciaba conmigo.
-Tú y tus sirvientes… Me dais angustia con tanta salvación y…- comenzó diciendo Yasmín con chulería.
-No te consiento que hables así de nosotros. Suelta a la chica, ella no te ha hecho nada- respondió la voz masculina.
El demonio me miró con una cara que me daba bastante miedo. Sus facciones se habían vueltos duras y transmitían un odio que apestaba en el ambiente.
-Ella me mató- dijo Yasmín dirigiéndose a mi. 
Me quedé con la boca abierta varias segundos que parecieron horas. ¿Qué yo..? ¡Pero cómo la podía haber matado si fue ella la que me quitó la vida en un abrir y cerrar de ojos! ¿Cómo podía ser yo la causante de todo?
Mis alas se volvieron rígidas y fuertes. Me escaparía de ella como tantas veces lo había hecho. Pero le tenía que dejar claro una cuantas cosas.
-Tú me mataste a mi. Tú me dejaste sola en mi pueblo, en una calle vacía justo al lado de mi casa… Me robaste con mi vida la amistad de mis amigos, la vida familiar junto a mis padres… Me lo quitaste todo.- decía todo esto con valentía, pero a la vez con miedo. Los ojos empezaron a escocerme. Las lagrimas querían salir a la luz… Pero yo no lo permití.
Yasmín me escuchaba con curiosidad. Sabía perfectamente de que hablaba. Sabía de que la estaba acusando, y cuando paso todo lo que estaba diciendo… Al final, me soltó del cuello con repugnancia, y dio varios pasos hacia atrás. ¿Qué pasaba?
Alguien me pasó una mano por mi hombro, y al instante sentí una ola de tranquilidad que recorría mi mente y mi cuerpo. Mis alas se recogieron poco a poco hasta desaparecer de mi espalda. En mi camiseta, solo quedaba dos cortes por detrás donde se indicaba que de allí, antes, salían mis alas. 
-Tu justicia no está aquí, Cloe.-me susurró la voz masculina de anteriormente, con suma tranquilidad en el oído.
La voz me hizo razonar. Ahora no podía hacer nada contra el demonio que tenía delante de mis narices. Yasmín abrió sus alas negras y largas. Sus alas tenía un parecido a las mías… Pero no sabía en donde. Antes de irse lejos de allí me dijo:
-Tú y yo no somos tan diferentes, Cloe.
A continuación, planeó a pocos centímetros del suelo, y se fue volando.

martes, 7 de junio de 2011

Capítulo 1


La mirada la sentía en mi misma espalda. Amenazadora, inquietante… pero siempre me pasaba que cuando volvía la cabeza no había nadie. Así comenzó mi historia, y así continuo hasta mis días…
La calle Estanfor. Mi casa blanca, con garaje, con jardín… Todo lo que una casa necesitaba. Y mi familia… esa familia que nunca se olvida de lo que te quiere y te cuida… Así eran las cosas en mis tiempos, hasta que paso la tragedia nunca contada…

La primera noche de Diciembre fría como el puro invierno y con viento. Yo estaba paseando tan tranquila por la calle, con mi abrigo negro y mis Converse puestas. Sí, esas zapatillas que nunca se cansaba una de llevarlas fueran o no fueran las verdaderas y que siempre me las ponía para ir al instituto. Esas mismas. Mi pelo recogido en los famosos y graciosos moños que me hacía yo con dos lápices… Y con la alegría que me caracterizaba. Mi antigua personalidad era alegre y extrovertida. Me gustaba mucho salir con mis amigas y dar paseos largos con mi perro Sandy. Pero eso era antes… Mucho antes de contar lo que me paso aquella fría noche.
De vuelta a mi casa, tatareaba un pequeño fragmento que me había compuesto mi novio en aquel tiempo… Tomy. Un chico alto, con el pelo rubio, y con una sonrisa que te dejaba helada… Y por supuesto, era cantante del instituto. Nos pasábamos largas tardes él tocando la guitarra, y yo cantando con mi voz estupenda. No era por presumir, pero se me consideraba la chica que mejor cantaba del estado de Nordon, y nunca me quitaron el título mientras lo tuve en mi poder.
La noche se hacía pesada… Y mis pies, congelados por el duro frío, no podían andar más deprisa de lo que iba… No es que tuviera miedo a la noche, eso era lo de menos, lo malo era el tener hambre. No había comido desde la hora de comer que fue cuando me fui de compras con Lauren, mi mejor amiga. Ese día me compré un vestido para el baile de invierno, el más esperado por todos. Pero no lo estrene jamás…
Ya viendo mi casa a lo lejos, sentí una mirada en mi nuca… Una mirada que me dejo helada, como sin poder pensar, sin poder reaccionar… Y eso fue lo que paso: que no pude moverme. Me pare en el sitio, moviendo la poca nieve que había con mi pies al parar en seco. Quería irme, salir corriendo lejos de allí… De vuelta a mi casa… Pero era imposible.
Y su mano… esa misma mano que me sigo acordando… Fría como el hielo, pero suave como las plumas. Esa mano recorrió mi cuello, mis mejillas, mi pelo… Hasta que pude ver a la persona de esa mano.
Yasmín.
Hasta su nombre me sigue dando asco por todo lo que me ha hecho… Por todo lo que me ha defraudado esa… ¿Cómo llamarla? Mejor hay que descubridlo como lo descubrí yo esa noche…
Yasmín se coloco enfrente de mi, desafiante, orgullosa… Y me dijo sólo estás palabras:
-Tú no perteneces a este mundo.- y a continuación, sacó un cuchillo afilado, largo… pero muy raro a la vista. Llevaba un bordado de dos serpientes en el mango, y en la punta ponían unas letras. Pero no me dio tiempo ni a pensarme que aquella cosa me la iban a clavar justo en el corazón.
Caí al suelo mientras oía y veía borrosamente a Yasmín riéndose. Pero no me olvide de ella… Eso nunca.
Resucite entre las almas para cumplir mi propia y personal misión: acabar con su vida.