Páginas vistas en total

domingo, 26 de junio de 2011

Capítulo 4

Llegué al despacho de Fermín que se encontraba cerca de las habitaciones. Aquello parecía un internado en el Cielo. Con camas en las habitaciones, un salón general, sala de juegos, aulas… Lo único era que había demasiada gente. Yo no estaba contenta de vivir allí. Toqué tres veces a la puerta suavemente, y oí una orden del interior que me decía que entrara. Entré al despacho. Seguía igual después de un mes sin pisarlo. En las paredes blancas habían cuadros de ángeles y fotografías de Fermín con diversos tipos de gente. Fermín se acomodaba en una silla de despacho que estaba detrás de una mesa. La mesa era de color marrón y estaba bastante vieja. En sus lados y en las patas de la mesa se veían frases que significaban algo, pero estaban en latín… Y yo ni tan solo me acordaba como se decía en latín “yo”.
-Buenos días, Cloe- me dio la bienvenida Fermín con su sonrisa angelical.
-Hola- contesté.
Me senté en una silla enfrente de él. Ese despacho me traía buenos recuerdos… Y malos. Me acordé de cuando llegué el primer día: Desorientada y asustada, entré al despacho de Fermín con la esperanza de que me aclarara todo lo que había pasado esa noche de Diciembre. Y uno de los recuerdos malos fue cuando me echaron de clase. Ese día fue una auténtica mierda. Por culpa del tonto de Robert, me la cargué yo… Y eso no fue todo. Aparte de llevarme una bronca por parte del profesor Marco, me llevé de regalo una semana recogiendo papeles de no se qué… Ni me acordaba del castigo. Que buena memoria…
-Ya sabes que esta mañana han pasado diversos problemas…- empezó a hablar Fermín, y me sacó de mis recuerdos pasados e hizo que volviera a la realidad. Al presente. Fermín tenía poco pelo y sus ojos azules brillaban al hablar.- Y uno de esos problemas a pasado por tu culpa, Cloe.
Fermín cambió la sonrisa de “buenos días” por un rostro serio y duro. Nunca me imaginé que la aparición de Yasmín la había causado yo. Solo por salir del escudo que tenía el Cielo contra ataques externos, ya me había arriesgado a la muerte.
-Yo no he hecho nada- le aseguré, soportando su mirada.
Aguantar la mirada de Fermín ya me parecía un reto. Soportar esos ojos azules como el mar te dejaban como en estado de shock.
-Vale- Fermín se levantó de su silla, y empezó a pasearse por el despacho- ¿Crees que bajar con los mortales es un juego?
Bajé la cabeza, e intenté por pocos segundos- que me parecieron eternos- que las alas no aparecieran por mi espalda.
-Tampoco es para tanto.- respondí con voz temblorosa.
-Hoy te has salvado gracias a Adam.- calló un segundo, y continuó- Un segundo más con Yasmín, y ahora no estarías aquí.
-No me podía hacer nada. No llevaba ningún objeto ni arma para poder matarme.
-Eso es lo que crees tú. Ella estaba allí para matarte no para darte “los buenos días”.
-¡Ya lo sé!- grité en medio de su estúpido discurso.- ¡No quiero que me tratéis como una niña. Sé ver los problemas y los intento solucionar lo mejor que puedo. Si tanto quieres a Adam y tanto le halagas, pues se lo dices a él no a mi. No quiero hablar más de este tema. Me largo.
Fermín vio como me levantaba de la silla con odio y dijo gritando:
-Tú no sabes nada de la vida de un ángel. Si no fuera por Adam estaría muerta. ¡¿Me oyes?! ¡Muerta! No te intento tratar como si fueras una niña porque no lo eres. Lo que eres es un ángel que no sabe ni lo que quiere ni lo que hace.
No le contesté. Ni tampoco lo miré. Notaba en su voz odio y dolor al mismo tiempo. Nunca lo había visto así. Si tanto se preocupaba por mi, que me dejara tranquila por una milésima vez, pensé cerrando los ojos. Abrí la puerta del despacho, y salí. No cerré, la dejé abierta para que pudiera ver Fermín que no tenía intención de romper nuestra relación de amistad. Yo solo quería un poco de espacio.
Me fui a mi habitación con rapidez. Los ángeles que estaban en los pasillos me miraban sorprendidos y cuchicheaban entre ellos. Metí la llave en la cerradura de mi habitación, le di una vuelta, y empujé la puerta. Cuando entré, suspiré. Mi habitación desde hacía tres años. Allí había compartido mis locuras, mis caídas con los libros que había por el suelo, mis lagrimas por no entender que me pasaba… Aquel era el lugar más cómodo de ese momento para poder sentirme como yo misma. Para poder recapacitar de todo lo que había hecho… Para pensar en mis padres, en Lauren mi mejor amiga, en mis exámenes… En todo en general.
Un momento.
¿Qué hacía esa maleta roja en la litera de arriba? Que yo supiera no tenía una compañera de habitación… Fruncí el ceño, y miré al pequeño baño que se situaba a la entrada de la habitación. Sonaba un el agua caer de la ducha, y fui a ver que pasaba. Cuando me asomé - y en mis manos llevaba la raqueta de tenis de Paula- unos ojos grises me miraron con sorpresa, miedo, vergüenza y horror. ¿Tenía una compañera de habitación?
-¿Quién eres? ¿Y qué haces en mi habitación?- le pregunté sin bajar la raqueta de tenis que apuntaba a su cabeza.
-Lo primero, quita la raqueta de mi cabeza. Lo segundo, estoy con una toalla solo ¿sabes? Me gustaría un poco más de intimidad.
-¿Cómo? Oye, ¿pero tú de que vas?- le interrumpí con los ojos entornados.
-Hola, soy Sabrina Martesen. Y soy tu compañera de habitación.- me extendió la mano mojada. La miré cabreada. Esto si que era fuerte… Sin comérmelo ni bebérmelo, tenía compañera de habitación.

No hay comentarios:

Publicar un comentario